La fiesta del remate o botifuera, cierre de la recogida de la aceituna.

 

Por José María Suárez Gallego

Maestre prior de la Orden de la Cuchara de Palo

Mediado el invierno, Candelaria arriba, san Blas abajo, y según vengan las lluvias, se concluye la cosecha de aceitunas con lo que en muchos sitios de este Santo Reino se conoce por  “el remate”, llamado en otros “botijuela”, como en Jódar, Cazorla, Sorihuela y Pozo Alcón, y  “botifuera”, como he oído en Navas de San Juan, en Villacarrillo o en Baeza, y en algún que otro sitio cuyo nombre no acude ahora a la memoria de este escribano andariego.

Esta celebración, como la matanza del cerdo y otras manifestaciones festivas que las faenas del campo traían consigo, cada vez más se van diluyendo en la forma del vivir de nuestros días, donde alegremente llamamos progreso a lo que no es más que la pérdida inútil de tantas y tantas oportunidades de darnos de cara con las múltiples expresiones del sentir popular.

“El remate” era, y sigue siéndolo en muchos sitios, la celebración festiva del último día de la cosecha aceitunera. Aquel día en el que, vaciando el último capacho, se acababan, y siguen evaporándose hoy, algunos amores efímeros:

 

El querer que te tuve fue aceitunero.

Se acabó la aceituna ya no te quiero.

 

O el día en el que con lo ganado en la recogida se planeaba el nacimiento de una nueva familia:

 

Cogiendo la aceituna se hacen las bodas,

quien no va a la aceituna no se enamora

¡qué tendrán madre, para cosas de amores,

los olivares!

 

La “botijuela”, con sus variantes “botijuera” y “botifuera”, sinónimo antiguo y cada vez más en desuso del “remate”, hace alusión a la vasija llena de vino que el dueño del olivar regalaba a la cuadrilla de aceituneros, y que éstos compartían junto a su última talega o alforja de comida.

Desde hacía algún tiempo había oído contar cómo en Génave, y en algún que otro lugar de la Sierra de Segura, se cuidaban los olivos por medios naturales, que según pude comprobar no es otra cosa que llegar a obtener un aceite de oliva picual virgen limpio de polvo y paja, es decir, limpio del polvo de los insecticidas artificiales y de la paja de los abonos que no son el tradicional estiércol de cuadra, cayendo al final las aceitunas a los mantos por los diestros y certeros golpes de una vara de avellano y no por los temblores de ruidosas máquinas.

Así es que llevado de mi curiosidad y tratándose aquella cosecha la de un año de muy pocas aguas, la recogida no se hizo esperar, y en un olivar, a medio camino entre el valle y la sierra, comenzó el “remate” cuando Eladia la de los Cristos, desolladas ya un par de liebres, preparaba la masa de los andrajos, plato de tradición y señero de esta sierra. Y en menos que un loco se santigua, pues se nos pasó el tiempo volando por ser muy amena la tertulia, estábamos frente a un sartenón de culo hondo lleno de andrajos caldosos y dispuestos a dar buena cuenta de ellos. Y como quemaban mucho, hubo quien con chanza dijo: “Comed de los de abajo que están fríos, pues los de arriba le hacen sombra”. Y nada más lejos de la realidad, que siendo los que cubría el caldo los más suaves, también eran a los que más había que soplar para que se enfriaran. Y no faltó quien al final, después de las risas, chirigotas y tragos de vinos, se arrancara a cantar:

 

Echemos la despedida,

la que Cristo echó en Belén,

y Quien nos ha juntado aquí

nos junte en la gloria, amén.

 

Y con tan buenos deseos seguí mi camino, con un sabor a hierbabuena en los labios que no habría de olvidar jamás.